miércoles, 14 de abril de 2010

César (III)

Era una calurosa tarde de primavera cuando ya los meses habían llevado a un lejano recuerdo aquella primera experiencia. La necesidad de repetirlo pero esta vez en solitario me llevó a calcularlo todo con precisión. Al salir de la universidad, la línea de autobús me dejaría en el centro, mi mochila de estudiante de dieciocho años depositada en una taquilla de supermercado y cercano a él una cabina de teléfono desde donde marqué el numero que tenia recortado de una página del diario. Recuerdos de juventud que llegan hasta hoy son aquellas páginas repletas de anuncios de contactos, remirados con nostalgia en la actualidad.
La dirección, en la calle que bordeaba el Ayuntamiento, también esto calculado con precisión devota. Escaleras antiguas de antiguo edificio, timbré antiguo, como antiguo el portón de madera que se abrió lentamente mostrando a una mujer que superaba los cuarenta años, de liso pelo negro recogido en una alta coleta. Su sonrisa aunque de facciones duras en su afilado rostro me tranquilizó. Tapaban su delgadísimo cuerpo unas copas de cuero extremadamente apuntadas en sus leves pechos, unas braguitas, o quizá una pieza algo más completa también de cuero negro y unas altas botas de largo tacón.

martes, 30 de marzo de 2010

Silvia (II)

Anoche lleve a mi marido al aeropuerto. Estuve toda la tarde haciendo su maleta, vino con el tiempo justo para darse una ducha, estrecharme entre sus brazos, darme un bonito beso y montarse en el coche para que lo dejara en el aeropuerto. Las niñas se quedaron con mi madre, pasé a por ellas cuando volvía a casa. Esperaba al ascensor y cuando se abrieron las puertas salió mi vecino. No lo había visto desde aquel atrevimiento. Me saludó, hizo un par de carantoñas a las niñas y se alejo hacia el portal. Yo ya había entrado con mis hijas en el ascensor cuando lo ví girarse, y casi en un susurro que no obstante oí perfectamente me dijo: “no te preocupes, esperaré hasta que te vea preparada.”

miércoles, 24 de marzo de 2010

César (II)

Como si en un libro de empolvados lomos estuviese escrito, mi primera vez fue entre amigos, visitando una especie de burdel casero con dos inquilinas diferenciadas en todo. La que nos recibió, a nosotros, tres jóvenes rondando los dieciocho que nos apresurábamos a disimular los nervios en nuestros rostros que abandonaban ya el acné, era joven, no más de veintiséis años, de rojiza melena sobre la espalda, grandes caderas e inflados pechos aprisionados por el escote horizontal del vestido azul que la abrazaba. La que entró más tarde en la habitación, mujer mayor, rondando los cuarenta, rubia de cuerpo grueso y vestido amplio.
Los tres tuvimos clara nuestra preferencia pero se nos negó el abuso de tres jóvenes sobre la misma presa. No fue necesario recurrir a ningún juego de azar para salir del atolladero puesto que uno de mis amigos acepto de buen grado, desconozco el motivo, cambiar su elección de turgentes muslos y joven piel por el cuerpo rollizo de la segunda opción.
Recompensa tuvo su sacrificio pues mientras nosotros dos en nuestro compartir hembra debíamos esperar en el portal del edificio la lidia del rival desapercibido, oponente en comparaciones, él estuvo, desconozco si activamente, durante las dos sesiones en la habitación contigua.
Si que echamos a suerte quien de nosotros dos comenzaba y, noche afortunada, a mi me toco saborear primero aquella blanquecina piel. Ventaja absurda, ilusorio antecedente, adelantado seguro por cientos de cuerpos, cientos de bocas que nuestra juventud prefería no pensar.
El sexo fue malo, una rápida penetración, tan solo precedida por los forzados frotamientos necesarios para enfundar el asta, sin besos en la boca y sin posibilidad de tocar, lo que para mi hubiera sido suficiente trofeo, sus enormes y redondeados pechos de morenas aureolas y puntiagudo pezón.
Noche de estreno, inicio tan alejado, aunque solo en parte, de lo que después sería.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Silvia (I)

Tengo veintiséis años, me case a los veintidós y fuimos novios desde los catorce. No he conocido otro varón, ni en la cama ni en los sillones de un cine y nuestras sesiones “románticas” son siempre en cama, debidamente tapados y no se alargan más de veinte minutos, una por semana, normalmente los sábados, quizá algún viernes, siempre más allá de la medianoche y con la luz apagada, las puertas cerradas y la ventana bien tapada.
He concebido dos niñas bellísimas, una de cinco y otra de tres.
Nunca pensé en mi vida sexual ni mucho menos me la cuestioné, pero la pasada semana coincidí por primera vez en el ascensor con mi nuevo vecino tras varios encuentros en los que mi marido estaba presente. Allí, los dos solos hablamos del tiempo hasta segundos antes de abrirse las puertas del ascensor, en aquel instante y sin inmutarse manteniendo una leve sonrisa en los labios dijo: “confío en que pronto compartamos cama”

martes, 16 de marzo de 2010

César (I)

Nunca pensé que aquellas películas eróticas que veía la noche de mis infantiles sábados intentando escaquearme de los padres iban a configurar el imaginario de fantasías y fetiches sexuales que regirían mi vida adulta.
Pero lo cierto es que los abundantes, o más acertado sería decir desbordantes pechos, las curvas excesivas, el sobrepeso femenino, las profundas caladas a finísimos cigarros o el vouyerismo se adentraron en mi mente como morbosas imágenes que me relacionan directamente con los más sentidos placeres sexuales.
Mis años han transcurrido buscando miradas que no necesitan palabras, mis días se han llenado de oscuros pensamientos, mis noches de personas que nadie relacionaría conmigo. He bebido de bocas prohibidas, comido de lugares que cuesta soñar y ocupado camas a escondidas.
He sido lo que he hecho, y he hecho cosas que nunca podré contar.