miércoles, 14 de abril de 2010

César (III)

Era una calurosa tarde de primavera cuando ya los meses habían llevado a un lejano recuerdo aquella primera experiencia. La necesidad de repetirlo pero esta vez en solitario me llevó a calcularlo todo con precisión. Al salir de la universidad, la línea de autobús me dejaría en el centro, mi mochila de estudiante de dieciocho años depositada en una taquilla de supermercado y cercano a él una cabina de teléfono desde donde marqué el numero que tenia recortado de una página del diario. Recuerdos de juventud que llegan hasta hoy son aquellas páginas repletas de anuncios de contactos, remirados con nostalgia en la actualidad.
La dirección, en la calle que bordeaba el Ayuntamiento, también esto calculado con precisión devota. Escaleras antiguas de antiguo edificio, timbré antiguo, como antiguo el portón de madera que se abrió lentamente mostrando a una mujer que superaba los cuarenta años, de liso pelo negro recogido en una alta coleta. Su sonrisa aunque de facciones duras en su afilado rostro me tranquilizó. Tapaban su delgadísimo cuerpo unas copas de cuero extremadamente apuntadas en sus leves pechos, unas braguitas, o quizá una pieza algo más completa también de cuero negro y unas altas botas de largo tacón.

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