Como si en un libro de empolvados lomos estuviese escrito, mi primera vez fue entre amigos, visitando una especie de burdel casero con dos inquilinas diferenciadas en todo. La que nos recibió, a nosotros, tres jóvenes rondando los dieciocho que nos apresurábamos a disimular los nervios en nuestros rostros que abandonaban ya el acné, era joven, no más de veintiséis años, de rojiza melena sobre la espalda, grandes caderas e inflados pechos aprisionados por el escote horizontal del vestido azul que la abrazaba. La que entró más tarde en la habitación, mujer mayor, rondando los cuarenta, rubia de cuerpo grueso y vestido amplio.
Los tres tuvimos clara nuestra preferencia pero se nos negó el abuso de tres jóvenes sobre la misma presa. No fue necesario recurrir a ningún juego de azar para salir del atolladero puesto que uno de mis amigos acepto de buen grado, desconozco el motivo, cambiar su elección de turgentes muslos y joven piel por el cuerpo rollizo de la segunda opción.
Recompensa tuvo su sacrificio pues mientras nosotros dos en nuestro compartir hembra debíamos esperar en el portal del edificio la lidia del rival desapercibido, oponente en comparaciones, él estuvo, desconozco si activamente, durante las dos sesiones en la habitación contigua.
Si que echamos a suerte quien de nosotros dos comenzaba y, noche afortunada, a mi me toco saborear primero aquella blanquecina piel. Ventaja absurda, ilusorio antecedente, adelantado seguro por cientos de cuerpos, cientos de bocas que nuestra juventud prefería no pensar.
El sexo fue malo, una rápida penetración, tan solo precedida por los forzados frotamientos necesarios para enfundar el asta, sin besos en la boca y sin posibilidad de tocar, lo que para mi hubiera sido suficiente trofeo, sus enormes y redondeados pechos de morenas aureolas y puntiagudo pezón.
Noche de estreno, inicio tan alejado, aunque solo en parte, de lo que después sería.
Los tres tuvimos clara nuestra preferencia pero se nos negó el abuso de tres jóvenes sobre la misma presa. No fue necesario recurrir a ningún juego de azar para salir del atolladero puesto que uno de mis amigos acepto de buen grado, desconozco el motivo, cambiar su elección de turgentes muslos y joven piel por el cuerpo rollizo de la segunda opción.
Recompensa tuvo su sacrificio pues mientras nosotros dos en nuestro compartir hembra debíamos esperar en el portal del edificio la lidia del rival desapercibido, oponente en comparaciones, él estuvo, desconozco si activamente, durante las dos sesiones en la habitación contigua.
Si que echamos a suerte quien de nosotros dos comenzaba y, noche afortunada, a mi me toco saborear primero aquella blanquecina piel. Ventaja absurda, ilusorio antecedente, adelantado seguro por cientos de cuerpos, cientos de bocas que nuestra juventud prefería no pensar.
El sexo fue malo, una rápida penetración, tan solo precedida por los forzados frotamientos necesarios para enfundar el asta, sin besos en la boca y sin posibilidad de tocar, lo que para mi hubiera sido suficiente trofeo, sus enormes y redondeados pechos de morenas aureolas y puntiagudo pezón.
Noche de estreno, inicio tan alejado, aunque solo en parte, de lo que después sería.
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